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Juventud en extasis libro uno cap 1

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JUVENTUD EN ÉXTASIS

NOVELA DE VALORES SOBRE
NOVIAZGO Y SEXUALIDAD

ANTES DE COMENZAR
—¿ Quieres tener sexo ?
Mi pregunta fue tan directa que bajaste la cara mostrán¬dote agraviada. Diste media vuelta con intenciones de salir.
—Espera…
Te detuviste en el umbral de la puerta. El escote triangu¬lar de tu vestido dejaba a la vista la piel blanca de tu juvenil espalda.
—No te disgustes —supliqué acercándome—. Eres una mujer muy hermosa. Miles de hombres darían cualquier cosa por tenerte y me atrevo a suponer ésta sería tu primera experiencia… Pero antes que eso ocurra, me gustaría que supieras algunas cosas de mi pasado.
Te volviste muy lentamente con gesto desafiante.
—Muy bien. ¿ Qué es exactamente lo que tratas de decir¬me?
Quise entrar en materia pero no conseguí más que tartamudear. Tu actitud apremiante y molesta bloqueó toda posibilidad de comunicación profunda. Hilvané un par de mentiras para eludir la escabrosa situación y di por termi¬nada mi confidencia.
—¿Algún día me contarás la verdad?
Asentí con tristeza.
No te despediste al abandonar el lugar.
Apenas me quedé solo busqué una hoja para escribir.
Después de un rato detuve mi escritura y observé la prolija carta mientras limpiaba las lágrimas de mi rostro.
Soy un amigo que nunca te traicionará.
Traicioné a muchas mujeres en el pasado y, créeme, sufrí
tanto por ello que no volveré a hacerlo jamás.

PRIMERA PARTE
SEXO POR PLACER


1
LAS MOTIVACIONES SEXUALES.

Hechizado por las bellas y voluptuosas formas de Joana, la miraba de hito en hito departir con sus amigas a unos metros de distancia.
Ocasionalmente giraba la cabeza para asegurarse de que su corpulento galán no llegara. Tal vez había terminado con él y ahora estaba disponible… Apreté la mandíbula enérgicamente. No debía hacerme ilusiones. El hecho de que la chica más agraciada de la escuela hubiera asistido sola a la fiesta de fin de curso semestral y que por coincidencia tampoco yo fuese acompañado no signifi¬caba que el destino quisiera nuestra unión. Con todo, la ansiedad invadió mi cuerpo, como me ocurría siempre que vislumbraba la posibilidad de una aventura sensual.
Cursaba el cuarto año de la carrera de odontología y me consideraba un verdadero experto en placeres corporales. Había aprendido (después de no pocos insultos y bofetones) a seducir mujeres con sobrada destreza. Era capaz de oler las posibilidades de un encuentro íntimo y, cuando echaba el ojo a una joven, casi siempre lograba conducir mi romance con ella hasta las últimas consecuencias.
José Luis, el único profesor joven y libertino que se prestó a acompañarnos a esa fiesta de despedida, al verme solo se aproxi¬mó a mi mesa.
—¿Qué te pasa? —espetó dándome un efusivo golpe en la espalda—. ¿Te libraste al fin de Jessica, la famosa “virginiacasta”?
Reí con reserva. En el ambiente universitario los chismes corrían rápidamente y no era de extrañarse que José Luis estu¬viera enterado de mis conquistas más importantes. Además era un profesor amigable, a quien alguna vez me acerqué para pedirle consejos.
—Sí— le contesté —. Terminamos hace un par de días. Tú sabes: Jessica es de esas chicas que te complacen sólo con la condición de casarse al día siguiente.
—Lo suponía. Y ten cuidado. En esta época hay varios millones más de mujeres buscando matrimonio que hombres, así que…
Asentí sin contestar. El equipo de sonido había sufrido un pequeño desperfecto y el ambiente, sin música estruendosa, era propicio para la conversación. Pero no me apetecía ahondar más en ese asunto con José Luis, a quien, dicho sea de paso, adiviné un poco alterado por la ingestión de los primeros alcoholes de la velada.
Observé a Joana que se ponía de pie dirigiéndose al tocador. Quise incorporarme para ir tras ella, pero la presencia de mi profesor de anatomía me lo impidió. Contemplé el extraordinario cuerpo de mi compañera alejándose. Llevaba un vestido de algo¬dón extremadamente ceñido, como los que usan las bailarinas de ballet, con un amplio escote en la espalda y un atrevido agujero al frente que ventilaba, a la vista de todos, su ombligo y su vientre plano.
—Esta noche no se salva —susurré para mí.
—¿Decías algo?
—No, profesor… es simplemente que… —y me detuve valoran¬do lo que significaba departir a solas con José Luis en un ambiente de igualdad. Podría preguntarle todo sobre las dudas anatómicas que en clase hubiera sido impropio mencionar… Y mi maestro era un joven sexualmente experto, que además de tener instrucción académica comprobada había vivido en unión libre tres veces.
—Hay asuntos que no comprendo —retomé—. ¿Por qué las mujeres son tan impredecibles? De pronto se te ofrecen envueltas en una nube de romanticismo y al rato están agobiadas por la culpa y la tristeza; a una hora alegres, y a la siguiente iracundas. Visten y se exhiben para excitar al hombre y luego exigen total respeto. Francamente no las entiendo… ¿Sienten el mismo deseo sexual que nosotros? Si es así, ¿por qué se hacen tanto de rogar? Y, sobre todo ¿cuál es la razón por la que después de entregarse parecen tan desilusionadas?
Alzó las cejas asombrado por mi cuestionamiento múltiple.
—Esa respuesta te costará por lo menos una copa.
Llamé al camarero con la mano, dejando que José Luis orde¬nara en cuanto llegó.
-¿Y bien?
—Si deseas entender a las chicas debes partir de lo básico: sus ciclos hormonales las hacen subir y bajar cada mes por pendientes de diferentes estados de ánimo. Su mecanismo físico es muy diferente al de los varones. Sienten deseo carnal pero mezclado con emociones. Para tener un orgasmo necesitan sentirse amadas. comprendidas, valoradas; pensar que lo que hacen está bien, que no corren peligro alguno, que no están siendo obligadas, que su compañero de cama es agradable y considerado, que nadie les reprochará su entrega si son descubiertas, etcétera. Son condicio¬nes psicológicas imprescindibles y casi imposibles de lograr por adolescentes aventureras. Así que, después de experimentar con el sexo, comúnmente la autoestima de la joven soltera disminuye, sus valores se van al suelo, su reputación ante los demás mucha¬chos se echa a perder y cuando todo termina se siente usada y denigrada.
—Entonces, ¿por qué cada vez las mujeres son más provocati¬vas y liberales? —pregunté—. Hoy en día la mayoría tiene rela¬ciones prematrimoniales voluntariamente.
En ese momento se acercaron a la mesa Ricardo y Alfredo, dos buenos amigos (más míos que del profesor). Nos saludaron de mano y tomaron asiento. José Luis respondió con furor a mi pre¬gunta sin inhibirse en lo absoluto (o quizá motivado aún más) por la presencia de los arrimadizos.
—En una relación íntima interviene tanto el cuerpo como la mente, pero hay enormes diferencias entre uno y otro sexo. El va¬rón es más práctico, más objetivo, y su orgasmo tiene origen preponderantemente FÍSICO; puede sentir el mismo placer hacien¬do el amor con una jovencita, con una mujer madura, con una amiga, con una desconocida, manoseándose mientras hojea sus revistas; la única diferencia entre uno y otro evento estribará en que algunos le producirán mayor excitación, pero al momento de llegar al climax se convulsionará de igual forma en todos los casos. En cambio, la mujer es más idealista y sentimental. Su orgasmo tiene origen fundamentalmente PSICOLÓGICO, asi que accede a las seducciones del hombre no por el placer FÍSICO que ello le reportará sino por cuestiones MENTALES: enamoramiento, deseo de ser aceptada, vanidad… ¡ qué sé yo! A ellas les gusta sentirse admiradas, amadas, deseadas; les agrada que perdamos los estribos por su causa, que las conquistemos y les demostremos cuánto estamos dispuestos a hacer por poseerlas. Ésa es su retribución. Como ves, también satisfacen un deseo. El placer femenino está conectado directamente a su psique…
—Y el masculino a su…
Reímos estrepitosamente ante la seña obscena de Ricardo.
Busqué con la vista a Joana. Aún no salía del tocador. Estaba dispuesto a abordarla en cuanto lo hiciera. Era una decisión motivada por esa energía sexual “física” que, para ser bien aceptada por ella, tendría que disfrazarse de fuerza sentimental “psíquica”. Parecía complicado, pero dejaba de serlo en cuanto te acostumbrabas a ello. Lo haría a como diera lugar. Imaginarme su piel desnuda me alteraba de forma ingente. Ella tenía el tipo especial de cuerpo que yo no había tocado jamás (muslos largos, senos grandes y firmes, caderas prominentes, piel blanca), además de poseer otros elementos eróticos muy discretos: tono de voz intimista, timbre sensual, mirada displicente, seriedad altiva, movimientos felinos…
El mesero de la asociación estudiantil nos hizo llegar la charola de botanas y una garrafa mediana de licor.
—Y tú, ¿lograste acostarte con Jessica? —me preguntó Alfredo mientras descorchaba la botella—. Todo el mundo se pregunta si habrás vencido a la puritana.
—Sí… —confesé titubeante—, fue una experiencia muy triste. Puso demasiadas condiciones, pero cuando aceptó, trató de hacerme sentir responsable de su futuro. Me da un poco de pena pues creo que en verdad me amaba. ¿Saben lo que me dijo después de entregarse? Que a todas las muchachas se las presiona intensamen te para que tengan sexo; que si tratan de ser decentes sus compañeras se burlan y los muchachos las ignoran; que por eso la mayoría, al sentir ese rechazo, acceden a la vida sensual tan apreciada en el medio juvenil. Sentí lástima por ella y decidí dejarla. Las mujeres no se dan cuenta de que a esta edad los jóvenes no buscamos relaciones fijas; buscamos placer, diversión, apren¬dizaje; y que cuando sentemos cabeza pensando en una relación formal desecharemos de inmediato a todas aquéllas con las que nos divertimos para buscar a esa muchacha seria, ignorada en el ayer, que supo darse a respetar.
Un ruido estruendoso seguido de otro agudo nos interrumpió. El equipo de sonido parecía casi listo.
—Lo que acabas de decir es muy cierto —comentó José Luis—. Una cosa es tener novia para divertirte y otra muy diferente es elegir a la madre de tus hijos… Para esto último siempre querrás a una joven diferente, difícil de conseguir, no como la piedra pateada por decenas de hombres, sino como el diamante intacto que sólo a ti te fue posible alcanzar.
—¡Eso es definitivo! —contribuyó Alfredo con vehemente entusiasmo—, pero no se lo digas nunca a una mujer o a un mora¬lista porque te tildarán de “macho”. ¡Obviamente si se desea aprender a manejar son preferibles los carros usados… pero cuando se trata de escoger el automóvil fijo, para toda la vida, hasta el más idiota preferiría uno nuevo…!
—Aunque hay algunos usados muy bonitos…
Volvimos a reír estrepitosamente. Moví la cabeza alegre pero descontento. Lo que comenzó como una pregunta de consulta se había convertido en una polémica en la que todos éramos expertos.
—El sexo es algo muy emocionante —dijo José Luis mientras se servía más licor—. Lo malo es que no es gratis, siempre hay que pagar por él: a veces con dinero y a veces con halagos o palabras cariñosas.
—Pagar por él… —repitió Alfredo reflexionando muy seria¬mente—. Qué enorme verdad. ¡Ahora lo entiendo! Las prostitutas son groseras, desconsideradas y cobran en efectivo; en cambio una compañera de la escuela se arregla con sus mejores ropas, se lava, maquilla, perfuma y se va a la cama contigo si a cambio le prometes entrega eterna y amor total. Ése es el pago que debes hacer. Hay que ser muy rápido de mente para manejar bien el asunto sin ser descubierto, pero dominando la técnica se obtiene lo mejor al precio más barato, ¿no es así?
Así era.
Los crujidos estruendosos del aparato de sonido nos impidieron seguir hablando. Mi vista se perdió en ese mundo de ideas. Resultaba interesante analizar las motivaciones sexuales en la etapa juvenil, contemplar el hilo negro y apreciarlo en toda su longitud. ¿Cómo era posible que tantas chicas vivieran ignorando algo tan obvio?
La música comenzó. Varias parejas caminaron hacia la pista tomadas de la mano.
Joana salió del baño. Arreglada, retocada y seria, venía pasando entre las mesas con bastante galanura. De inmediato me puse de pie.
—Ustedes perdonarán —dije bebiéndome de un sorbo el con¬tenido de mi copa—, pero tengo asuntos urgentes que atender…
Mis amigos y José Luis hicieron una bulla terrible.
Caminé directo a la muchacha interponiéndome en su camino.
Fingí no verla hasta que estuvimos muy cerca.
—¡Hola, qué sorpresa! —le dije—. Te ves muy hermosa esta noche.
Hice un ligero reclinamiento de cabeza.
—¿Me concederías esta pieza?
Joana me miró y sonrió alegre de que alguien se atreviera a sacarla de su soledad.
—Claro.
—¿Vienes sola? —le pregunté mientras nos dirigíamos a la pista.
-Sí.
—¿Por qué no te acompañó Joaquín hoy?
Sonrió tristemente:
—Terminamos hace una semana.
El corazón me dio un vuelco. Quise decir “lo siento”, pero a cambio de ello el rostro se me iluminó con una alegría nerviosa. Era demasiado bueno para ser verdad. Esa chica alta, despam¬panante, siempre se paseó por sitios públicos ostentando un novio mal encarado, ¡y ahora se hallaba repentinamente sin compromi¬sos, bailando conmigo!
Por unos minutos no pude decir nada. Mis estrategias de conquista se habían vuelto más suspicaces y maliciosas por la reciente plática.
Analicé la situación mientras me movía al ritmo de la música:
Joana había tenido un noviazgo largo; todos la vimos más de una vez besándose apasionadamente, exhibiendo su enamoramiento y mermando con ello irremediablemente su reputación. Si a eso se atrevió a la vista de los demás era fácil suponer cuánto hizo con su ardoroso galán en la intimidad. Pobre chica. Si Joaquín la hubiera querido realmente no la habría exhibido, y si ella hubiera sido más inteligente no lo habría permitido. Entre estudiantes, las mujeres que se muestran ante los demás en exceso cariñosas con sus novios quedan como marcadas. Pero eso no era un obstáculo para mí. Por el contrario, resultaba evidente que había experimen¬tado en buena medida con el sexo y no cargaría con los complejos de mi ex novia Jessica. Además, seguramente se hallaba en una etapa de ligera depresión emocional, ansiosa por sentirse querida, admirada, deseada…
Eran circunstancias excepcionales.
Me advertí tenso pero lleno de energía, como se siente un atle¬ta a punto de arrancar en la carrera para la que se ha preparado mucho.
—¿Te invito una copa? —pregunté interrumpiendo el baile.
—¿Por qué no?
Nos dirigimos a la barra pasando por enmedio de la pista. Al caminar puse mi mano derecha sobre su espalda.
—Ahora que estás libre debes de tener muchos pretendientes.
Se encogió de hombros.
—No sé. Ni me importa.
Llegamos frente al cantinero y ordenamos sendas bebidas.
—¿Sabes? —le dije—, a mí tampoco me ha ido bien en cuestión de amor últimamente. Estoy muy decepcionado. ¿No te ha pasado que cuando más te interesa una persona y le das lo mejor de ti es cuando más te desprecia…? La desilusión de haberte entregado a alguien que no valía la pena es dolorosísima.
Levantó la vista y me escrutó con sus dulces ojos melancólicos.
—¿Ya no sales con Jessica?
Moví la cabeza para decirle que no y sonreí atribulado.
—Me da gusto poder platicar contigo, Joana… porque me siento más solo que nunca.
Las luces se apagaron parcialmente y se escuchó la dulce música romántica. La mayoría de los bailarines impetuosos se retiraron y sólo algunas parejas abrazadas permanecieron en la pista balanceándose con la deliciosa cadencia de los compases suaves. El corazón quiso salírseme de su sitio ante esa imperiosa e ineludible oportunidad. Sin embargo, para mi sorpresa, Joana se me adelantó.
—¿Quieres bailar?
—Claro.
Me tomó de la mano y caminamos juntos.
Nos colocamos en el centro de la oscuridad. La abracé por la cintura y ella acomodó sus manos alrededor de mi cuello. Con la excusa de hacer algunos comentarios, me acerqué paulatinamente a su rostro hasta que la distancia que nos separaba se redujo al mínimo. Nuestros pies se movían lentamente y el halo magnético del uno se había fusionado con el del otro, produciendo una reac¬ción más que excitante. No se necesitaba hablar mucho; nuestros cuerpos exhalaban una química poderosa que nos hacía sentir entre nubes.
—¿Sabes, Joana? —susurré en su oído—, yo siempre te he querido… en secreto.
No contestó, pero después de ese comentario nos abrazamos totalmente. Calibré la delgadez de su cintura con mis manos; sentir el contacto directo de nuestras parte íntimas me dejó sin aliento. La música terminó y nos quedamos enlazados unos segundos mi¬rándonos a la cara. En su rostro había un matiz carmín que la agraciaba aún más, y en el mío la mirada de un hombre que ha perdido los estribos por la emoción de esa rápida aventura y el enorme deseo de llevarla hasta el final.
—¿Qué te parece si vamos aun sitio confortable donde podamos platicar tranquilamente? —le propuse en voz baja—. Me gustaría mucho conocerte mejor.
No me contestó que sí, pero apenas salimos de la pista fuimos a despedirnos de nuestros compañeros con excusas insulsas.
Cuando subimos al auto tomé su mano izquierda, la acaricié con ternura y me la llevé a la boca lentamente para darle un beso.
—¿Adonde vamos? —le pregunté poniendo en marcha el motor.
Ella se encogió de hombros sin apartar su penetrante vista de mi rostro:
—Adonde tú quieras…

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